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domingo, 14 de octubre de 2012

Diferencias entre francotiradores militares y policiales

Uno de los mayores errores tácticos, y quizás de más trágicas consecuencias, es el de pensar que un francotirador policial, entrenado como tal puede actuar directamente en una acción militar. En el caso contrario, un francotirador militar interviniendo en una acción policial, la situación puede ser aun peor si cabe.

Las diferencias son grandes. Tanto desde el punto de vista técnico como del procesal. Tácticas, organización, equipo y planeamiento, en todo su conjunto sufren enormes modificaciones. Si bien las técnicas de tiro, tácticas de campo y conocimientos generales son en principio idénticas, los conceptos de aplicación varían sustancialmente.

Vayamos por partes.

Algo con lo que debe convivir el francotirador, el estrés.

Tanto si es un francotirador militar, como si lo es policial, el estrés forma parte de su mundo y sus vivencias. Como se reproduce este estrés, así como afecta a cada tirador, no solo es consecuencia del individuo, si no también de las distintas misiones de ambos colectivos.

Normalmente el francotirador militar opera tras las líneas, debe moverse de una forma calculada, atenta, alerta y minuciosamente segura, ya que en su invisibilidad e indetectabilidad está su supervivencia. Un mal paso, un gesto a destiempo, una falta de atención, pueden atraer (y seguro que lo harán) un diluvio de fuego sobre el. Tras cada disparo debe desaparecer. La relajación no existe mientras permanezca de “caza”, y no regrese a su “casa”, a sus líneas.



Todos sabemos que el estrés llega a incapacitar totalmente para el combate. Tras cuatro o cinco días, de 24 horas de estrés continuo, la capacidad de combate desciende hasta mínimos inadmisibles. Raramente se puede permanecer más de un semana soportando este tipo de “bombardeos”.

Un francotirador policial puede encontrarse en su casa, en zapatillas, viendo esa película que llevaba tanto tiempo esperando, con su esposa e hijo al lado, y quince minutos más tarde estar en un tercer piso frente a un colegio en una situación con rehenes.



Pero, tras esa salida intempestiva y entrada en posición, listo, alerta y preparado, seguramente (casi al 100%) estará ahí varios días hasta que pueda hacer (o mejor dicho, deba hacer) su disparo. Disparo que al final es más que probable que no realice, y así durante años, siendo muy posible que llegue a jubilarse sin haber tenido que abrir fuego letal jamás. Pero aun así debe estar dispuesto y capaz cada día de su carrera como francotirador.
Las operaciones militares con francotiradores (normalmente y salvo incidencias) llevan una preparación, una duración más o menos definida y unos marcos horarios claros y precisos. Un francotirador policial desgraciadamente no sabe ni el cuando, ni el como, ni el donde, ni siquiera sabe de que forma, los “malos” no avisan de sus acciones.

Permanencia en acción.

El límite temporal de francotirador militar en el campo viene marcado tanto por la cantidad de agua y alimentos que puede transportar, normalmente no más de cinco o seis días. Este periodo de tiempo puede en teoría alargarse si el francotirador recibe suministros de alguna forma (helicóptero, paracaídas, patrullas, zulos, etc.), pero esto no es realmente así. En realidad existe un límite psicológico muy difícil de superar, el que marca el tiempo que una mente y un organismo puede permanecer atento y enfocado dentro de un entorno hostil y de máximo estrés, que no suele ser nunca mayor de cuatro o cinco días.



Un francotirador policial debe llegar a su puesto con capacidad de permanecer en el mismo durante un mínimo de ocho horas sin recibir apoyo, suministros o incluso un relevo. Ahora bien, más de cuatro o cinco horas de vigilancia continua merman (normalmente) tanto sus capacidades, físicas y mentales, que muy difícilmente podrán seguir cumpliendo su misión de una forma efectiva, e incluso, si me apuran, segura. Si tras ese periodo es relevado durante un par de horas antes de regresar a su puesto, podrá continuar otras tres o cuatro horas, pero acabará sucumbiendo al agotamiento. Tras esto es aconsejable un periodo de descanso y de alejamiento del entorno operativo. El hecho de tener que estar un día o más en posición no puede entenderse que esto sea sin periodos de descanso y “desconexión”.



Si, en el peor de los casos, debemos esperar dos o tres días, antes de la resolución (el disparo) de la situación, y no hemos marcado y realizado periodos de descanso, desconexión y sueño, nos encontraremos con muy pocas posibilidades de realizarlo eficazmente. Con las posibles consecuencias que ese disparo errado conlleven o generen.

Ser consecuente de las propias capacidades.

Es evidente para todo tirador, del tipo que sea, que la diferencia entre un disparo preciso y uno errado, puede ser por causas muy variadas. Viento, error de cálculo de distancias, de velocidad del blanco, frío, cansancio, estrés, etc., etc., pueden ser algunos de los motivos de estos fallos, entre otros muchos.

Para todos está claro que un francotirador policial no puede fallar un disparo jamás, mientras que su colega militar puede permitirse “probar suerte”, ya que aun así, es más que probable que logre sacar beneficios de su actuación sobre el enemigo.

La mayoría de los objetivos que un francotirador militar tenga bajo su mira serán fugaces y repentinos, bajo condiciones climáticas variables de un instante al siguiente. Luz, humedad, viento, ángulo de situación no siempre podrán corregirse eficazmente. Así mismo, la distancia puede ser tal que multiplique tanto estos factores que el disparo solo pueda considerarse desde el punto de vista de “intentarlo al menos”. Ya que muy probablemente no tendrá otra ocasión mejor.



De esta acción, de resultar fallida, pueden sacarse dos cuestiones positivas a considerar principalmente. El enemigo tendrá que trabajar bajo la estresante condición de sentirse bajo un ojo vigilante y potencialmente letal, ralentizando sus operaciones. Por otro lado ese disparo enseñara muy buenas lecciones que mejoraran el rendimiento del equipo de francotiradores en acciones similares futuras.

El francotirador policial, por el contrario, jamás podrá tentar a la suerte, su blanco debe ser siempre 100% seguro. Un disparo errado significa un compañero, un civil o un rehén muerto, eso está claro. Esa enorme responsabilidad le obliga a estar muy seguro de su capacidad como francotirador. Le obliga también a soportar una carga emocional enorme, convirtiendo su puesto en el “más solitario del mundo”. Todo para lo que como profesional y como ser humano ha trabajado, y se ha esforzado, puede estar en la balanza de un disparo fallado o un disparo preciso.
Todo esto obliga al francotirador policial a ser el profesional más honrado del mundo también, debe ser capaz de reconocer su incapacidad de realizar un determinado disparo en un determinado momento, si ello fuera así. No debe dejarse llevar por el mando, que normalmente desconoce la capacidad y características reales y completas del trabajo de su francotirador.

Ello no implica que alguna vez no tenga que realizar un disparo muy arriesgado. Si tras dejar claro el riesgo que se corre, que el hecho de no realizarlo puede significar un daño mayor y que no queda ninguna otra vía de actuación, se realiza ese disparo, y resulta desgraciadamente un disparo errado, nadie, ni moral, ni ética, ni legalmente podrá reprochar nada a ese francotirador, ni siquiera su propia conciencia. Aunque esta última es más difícil de controlar.



Una cuestión, económica o logística si cabe, que puede afectar al trabajo de uno u otro tipo de francotiradores, en esta cuestión de confianza en si mismo y sus capacidades, es el conocimiento de su arma.

Mientras que las misiones del francotirador militar, aconsejan y en muchos casos obligan a intercambiar las armas entre los dos componentes del equipo, en el caso policial, no solo no es aconsejable si no que debe ser normalmente desautorizado. El nivel de precisión exigido en uno y otro caso, obliga al francotirador policial a conocer su arma hasta un punto que la hace exclusivamente suya, si no en propiedad si en empleo y uso. Si desconfía del trato que puede haber recibido su arma, de que puedan haber “tocado” de su homogenización, si tiene la más mínima duda sobre ella, su disparo como poco será inseguro, corriendo un riesgo muy alto de fallar el disparo.

Distancias de empleo.

Del punto anterior sacamos la conclusión de que el francotirador policial debe asegurar su disparo por todos los medios posibles. La primera y casi principal cuestión es la distancia, siempre procurando que no sea mayor de 100 m.

Evidentemente hay situaciones extraordinarias, aeropuertos, grandes estadios, misiones en ambiente rural, etc., pero que normalmente no significaran más de 200 m. de distancia de tiro. Mayores distancias deben implicar que el mando conoce los riesgos que implican este tipo de disparos.

De todos es conocido el caso que dio origen al GSG9 alemán, en las trágicas olimpiadas de Munich en 1972, muriendo todos los deportistas israelíes retenidos por terroristas palestinos, por la incapacidad de los francotiradores para neutralizar a estos terroristas. Ello no fue culpa de los francotiradores, ya que se encontraron enfrentados a una situación de características ajenas a todo su entrenamiento recibido, actuaron profesional y al máximo de sus capacidades, y nadie les puede reprochar nada.

Hoy en día este caso extremo es muy difícil que vuelva a repetirse, por lo menos con un nivel de bajas civiles tan alto.



Mientras el francotirador policial, como hemos visto, intenta acercarse al objetivo, el militar, al contrario, desea mantenerlo a la máxima distancia posible.

Ello supone que el primero puede acabar dentro del alcance eficaz de las armas del adversario, mientras que el militar, siempre se mantendrá lejos del radio de acción eficaz de las armas del enemigo, normalmente no mayor de 400 m., aprovechándose de esta “ventaja balística” gracias al mayor alcance y precisión de su arma y munición.

Diferentes objetivos.

Un francotirador militar, normalmente se mueve, localiza un objetivo, dispara, tras un periodo más o menos largo vuelve a moverse a una nueva posición, localiza un nuevo objetivo, vuelve a disparar, y así durante el tiempo que la misión, la situación táctica y las características del terreno lo permitan.

Actuará principalmente en el interior del despliegue enemigo, con varios y distintos objetivos, rodeado de patrullas que siempre podrán moverse mucho más rápido que él, que contarán con mayores medios de apoyo y con mejores conocimientos del terreno. Su solidez psicológica será puesta a prueba, de forma continua y extensa en el tiempo. Ya vimos en su momento que el más mínimo error colocará en uno de los platillos de la balanza su supervivencia.

Debe ser maestro del enmascaramiento, del pasar desapercibido en toda situación, capaz de infiltrarse o exfiltrarse a través de las más eficaces líneas de vigilancia.

Lo mismo puede ocurrirle a un francotirador policial en muy determinadas acciones rurales, por lo que debe ser también conocedor de estas técnicas. Pero lo habitual no es eso. La situación policial normal involucra a uno o dos sospechosos armados, que pueden haber asesinado ya o amenazar con ello, encontrándose parapetados tras una barricada y/o rehenes.

Para hacerles frente, el francotirador policial buscará un ángulo, una posición de tiro que le permita batir el objetivo de una forma eficaz y segura para terceros, ya sean rehenes o compañeros. No se preocupará del entorno más que para conseguir una buena posición de tiro, cómoda, con buen ángulo y una mínima capacidad de pasar desapercibido.

Aplicación de fuerza letal.

Esta es, si cabe, la principal y más importante diferencia entre ambos colectivos de francotiradores: la forma de aplicar la fuerza letal.

Un soldado en combate dispara sobre todo objetivo enemigo sea o no una amenaza directa para él, para sus compañeros o para civiles. Los convenios internacionales así lo contemplan y amparan. En cambio, su compañero policía solo podrá hacer uso de esa fuerza cuando el objetivo sea una amenaza directa para él, para sus compañeros, para los rehenes o para los civiles.

Según la legalidad vigente en la mayor parte de los países del mundo, un francotirador policial solo abrirá fuego si cuenta con la autorización expresa de su jefe operativo. No obstante, siempre hay situaciones en las que, en determinados países se le permite al francotirador un pequeño margen de actuación, al margen de lo expresado, siempre en prevención de un daño mayor, y por supuesto aplicando la mínima fuerza necesaria.

Aquí surge otro problema, en el ámbito legal: el tipo de municiones que puede emplear uno u otro francotirador. El policía podrá recurrir a cualquier tipo de munición que garantice el cumplimiento eficaz de su misión (abatir un individuo armado que amenaza una o varias vidas), al cual hay que detener de forma instantánea en el mejor de los casos. Para ello podrá utilizar munición semiblindada o incluso de punta hueca, munición con un alto coeficiente de parada del objetivo, y baja sobrepenetración. De este modo logra detener al malhechor sin correr riesgos de atravesarlo, algo más que es más probable que ocurra con munición blindada, y el consiguiente riesgo de alcanzar a un civil o a un rehén que se encuentre tras él. Evidentemente, esa munición debe ser aprobada por el organismo correspondiente.

El Derecho Internacional de Conflictos Armados, en su capítulo 3, referente a limitaciones en la elección de medios y métodos, apartado 2, párrafo a(2), prohíbe el empleo por fuerzas militares en sus armas ligeras de todo tipo de proyectiles, salvo los completamente blindados. Ello corrobora el capítulo I, artículo 23, apartado E, de la Convención II de la Haya de 1899.

Sobre esta cuestión ha surgido un problema jurídico internacional. Evidentemente, con la munición semiblindada y de punta hueca la cuestión está clara: totalmente prohibido su empleo en operaciones militares. Ahora bien, la munición del tipo denominado Match tiene un pequeñísimo agujero en su punta, y ahí surgió el problema al ser usada por fuerzas norteamericanas en algunas operaciones. Este agujero no fue pensado para buscar la expansión o fragmentación del proyectil, sino por cuestiones de fabricación y de búsqueda de la máxima precisión posible.

Así fue entendido por una sentencia vinculante del Juez General US de fecha 12 de octubre de 1990, quedando autorizado el empleo de esta munición de precisión por los francotiradores militares.

Cuestiones extraordinarias.

Evidentemente, un reportaje de estas características, por más extenso y preciso que sea, jamás podrá cubrir todas y cada una de las posibles situaciones tácticas a las que se enfrentan las Fuerzas Armadas y policiales en el actual contexto internacional.

Las misiones internacionales de mantenimiento de la paz pueden, y de echo lo hacen, colocar a francotiradores militares en funciones técnicamente policiales.

Así mismo, la extensión y capacidad del terrorismo internacional coloca a las fuerzas policiales en muchas otras situaciones hasta ahora eminentemente militares, tanto los por objetivos como por entorno o por la misión.

La cuestión más importante a la hora de desplegar estos equipos de armas es el conocer perfectamente que capacidad poseen y que posibilidad tienen, con el entrenamiento específico recibido, de cumplir la misión señalada.

El mundo actual exige la especialización, y este colectivo de profesionales altamente cualificados, responden sobradamente a esa demanda.

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