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sábado, 1 de noviembre de 2014

Desenfunde y presentación I. Atención al detalle.


Desenfunde y presentación I. Atención al detalle.

Por Cecilio Andrade

Los detalles hacen al maestro dice uno de esos viejos adagios. También se dice que el mejor maestro es siempre nuestro peor enemigo. Si unimos ambas sentencias al hecho contrastado que nosotros mismos somos, en muchos casos, nuestro mayor enemigo, nos encontramos por deducción que también podemos ser nuestro mejor maestro. Conociendo nuestras carencias, defectos y fallos, siendo conscientes de ellos, así como de nuestros puntos fuertes, capacidades y virtudes, podemos aprender a sacar el máximo partido de unos y otros factores. El verdadero analfabeto no es el que no sabe, si no el que no sabe (o peor,  no quiere) aprender. Y el inteligente y sabio el que es capaz de desaprender y reaprender. Ahí entra el conocernos, sin falsas imágenes, pero con atención a los detalles. Hacer un uso o no de esos detalles es cosa de cada uno. En el presente trabajo les mostraré muchos detalles, seguro que me olvidé de muchos más, les mostraré donde mirar, luego les tocará a Uds. saber que deben ver. Suerte con ello.

En manos de los “buenos” las armas son esencialmente herramientas reactivas para defenderse de una agresión del tipo que sea. Este concepto de considerar las armas como herramientas reactivas (en manos de los buenos profesionales armados) es mucho más claro en el caso de las armas cortas, pistolas y revólveres. Es evidente que si un profesional armado debe realizar un allanamiento urbano  lo más probable es que busque entrar con un arma más “pesada”, ya sea escopeta, subfusil o fusil de asalto. Aunque si lo analizamos desde un punto de vista casi filosófico, incluso en estas circunstancias de verse obligados a actuar de forma ofensiva premeditada, lo cierto es que lo hará para detener y/o neutralizar a alguien que ya ha hecho malas “cosas” en el pasado.

En el presente trabajo veremos una gran cantidad de detalles a tener en cuenta para poder realizar el acto de desenfunde y presentación en las condiciones más favorables posibles para la supervivencia. No pretendo que haya que pensar en todos y cada uno de ellos de forma consciente y ordenada. Ello es imposible y sin duda contraproducente. Dedicar nuestros ya de por si hípersaturado, bajo agresión, sistema consciente a pensar en cada mínimo detalle de nuestra actuación, tan solo nos alejará y desenfocará del verdadero peligro. El ser humano solo puede concentrarse en una cosa cada vez, por más que deseemos y presumamos de ser capaces de hacer muchas cosas simultáneamente, realmente no es cierto, concentrarnos en cada uno de esos detalles implica desconcentrarnos de otros.

Sé que muchos y muchas, quizás más las mujeres que los hombre, dirán que si son capaces de hacer varias cosas a la vez. Y es un error, de concepto, pero error. Somos capaces de dedicar una parte de nuestro cerebro al proceso que estamos realizando en ese momento y el resto a tener una alerta de cambio o modificación. Pongamos dos ejemplos.

-          Un oficial de policía está de descanso en su casa y debe encargarse de cocinar el almuerzo para cuando su esposa llegue del trabajo, cuidar de su bebe recién nacido, planchar sus camisas para mañana que trabaja, y a la vez “whatsapea” en el chat que tiene con los compañeros de la comisaría. ¿Lo hace todo a la vez? En realidad no, realiza una multitarea fraccionada, pero no lo hace todo simultáneamente. Esta planchando, y para no quemar ni estropear las camisas tiene el 80 % de su atención en ello, pero el 20% restante no está en las demás acciones, está en los detalles que le hacen notar un cambio. Está alerta. Mientras plancha la olla con el guiso hace un ruido distinto, deja la plancha y su atención principal pasa a la cocina, tras retirar la olla del fuego un sonido le dice que el bebe está despierto, vuelca su atención al bebe, tras reacomodarlo y dejarlo dormido contesta a un mensaje del chat mientras regresa a la plancha para terminar la tarea. Eso es multitarea, cada acto tiene más del 80%, incluso el 90% de su atención, dejando el resto para la alerta de que algo ha cambiado en sus otras obligaciones. Pretender tener esas cuatro responsabilidades con un 25% de atención cada una, no solo no es posible, el cerebro es incapaz de ello, si no que haría que se nos quemara la comida, le mandáramos el mensaje a la esposa en lugar de al chat, el bebe acabara despierto y llorando, y la camisa con un agujero.

-          La esposa tiene una reunión de trabajo en unos minutos y está descargando algunos archivos en un pendrive para su exposición, a la vez ordena las carpetas que entregará  revisa que estén bien impresas, sin erratas y ordenadas, habla con sus asistente por teléfono mientras vigila la puerta de la sala de reuniones para ver cuando se presentan las demás personas. Su 80 o 90% de atención estará en revisar las carpetas, el resto estará en modo vigilante, escuchando los puntos importantes de la conversación telefónica, cuando el archivo este descargado en el pendrive cambiara su atención en sacarlo bien y que no se estropee. Si ve movimiento frente a la sala de reuniones, dejara de atender a lo demás por un instante antes de cortar la llamada, terminar de repasar las carpetas, agarrar el pendrive y repasar mentalmente su exposición, para dirigirse a la reunión. Si prestará el máximo de atención a cada punto, posiblemente acabaría dañando los datos del pendrive, no detectaría las dos hojas desordenadas de las carpetas, no escucharía los detalles importantes de sus asistente y no vería como van entrando sus jefes en la sala de conferencias.

Ambos casos son ejemplos de multitarea cotidiana, y de cómo atendemos a los detalles, nuestro cerebro nos enfoca en una acción, cuando alguno de los detalles de esa acción no es correcto nos mandará un aviso, “algo no está bien”, si hemos trabajado previamente, si hemos entrenado correctamente, si hemos analizado cada detalle con atención, posiblemente lo detectemos a tiempo y podamos corregirlo sin que llegue a presentar un riesgo. Si no, simplemente un error llevará a otro, este a otro más, y cada corrección nos hará perder un tiempo que, en un enfrentamiento armado, no tenemos.

Portando un arma.

Ya sea un policía o militar uniformado y con su arma visible, como un oficial de protección o legítimo usuario con su arma oculta, lo normal es que toda situación que requiera empuñarla implica una reacción ante un acto determinado. El grado de prevención o de sorpresa lo vimos en artículos previos y lo definimos con el código de colores del Coronel Cooper. De cualquier forma el arma se presupone que debe estar disponible y accesible para poder reaccionar con garantías de éxito.

Estar frente a un arma ya apuntándonos  y pretender empuñar un arma desde un cajón, en casa o en el automóvil, un bolso con cremalleras, clips o velcro, es algo no muy recomendable para la integridad física del agredido. Por ello partiremos desde el punto que el arma debe estar en el cuerpo del usuario, y desde ahí podremos hacer uso de ella con la prontitud que se requiere.

Una vez aclarado que la llevamos encima,  ¿que funda usamos?, porque modelos y tipos hay miles, ¿Cuál es la mejor? Contestar a esa pregunta requeriría un libro de buen espesor. A lo máximo que me implico para este artículo es a  matizar unas reglas muy generales que nos ayuden a deducir que funda se adapta mejor a la persona, arma, trabajo requerido y portabilidad.

La primera cuestión es la disponibilidad instantánea. La funda debe permitir acceder al arma de forma inmediata y segura, sin que ella misma suponga un problema a la hora de necesitar el arma. Si necesitamos el arma es por algo, y ese algo no admite muy saludablemente los retrasos.

Para llevar una arma encima un día tras otro, una cantidad de horas de cada uno de esos días, necesitamos una funda que no agregue más incomodidades y agotamiento a la ya de por si cargada jornada del profesional armado. Ese es el segundo punto a considerar, ¿podemos llevarla todas las horas requeridas, día tras día, sin que esa misma funda nos merme las energías y ralentice la reacción necesaria?

El trabajo de un equipo de fuerzas especiales, un policía de barrio, un escolta o un legitimo usuario, aun teniendo el mismo modelo de arma no necesitan (ni es recomendable) el mismo tipo de funda. Cada profesional necesita un tipo distinto. El equipo que portan los integrantes de un grupo de intervención les obliga a llevar su pistola en el muslo o incluso sobre el pecho, pero ¿se imaginan un escolta en traje y corbata con esa misma funda de muslo?, o un legitimo usuario ¿con su arma en el centro de su pecho mientras lee la prensa y se toma un café? Ese es el tercer parámetro, funda adaptada a la necesidad y circunstancias.

Tras ver los tres puntos anteriores solo queda algo que es obvio para todos, pero también todos hemos cometido ese mismo error en algún momento, llevar el arma en el mismo lugar desde donde siempre hemos entrenado. Imaginen su propia situación interna cuando vayan a sacar su arma y se encuentren que no está en “ese” lugar, ya que hoy decidió  ponerla en “otro” lugar por el motivo que prefieran. Yo mismo, hace años pasé por esa situación al pretender desenfundar mi arma desde la cadera, y descubrir que ese día (después de años de no llevarla en otro lugar) la había retrasado a mi glúteo derecho para reducir la “visibilidad”. Por suerte toda quedó en un ínfimo y casi indetectable (eso creí al menos) instante de duda y reproche. Ocurre, recuérdenlo, el inteligente aprende de sus errores, el sabio lo hace con los errores ajenos.

Creo que en toda mi vida profesional solo utilicé fundas axilares (sobaqueras) una o dos veces, y más por motivos obligados que por gusto. Son útiles en según qué momentos y situaciones, no lo dudo, pero en general considero que generan más problemas que beneficios al profesional armado. Por ello me concentraré en el trabajo con porte en cintura y del lado de la mano principal. Llevar el arma en la cadera contraria a la mano que empuña ni lo contemplo, lo siento, cruzar la mano sobre el cuerpo para tomar el arma, y luego realizar un “barrido” del cañón hasta lograr alinearlo con el objetivo, no lo razono ni útil ni seguro,  y obviamente no se lo recomiendo, salvo a profesionales en casos tan concretos que son casi anecdóticos.

La posición del arma puede ir desde zona inguinal (sobre el apéndice), hasta la zona lumbar (sobre el glúteo derecho), pasando por la vertical de la articulación de la cadera que es la posición más usada y recomendada. Los zurdos y ambidextros giren la imagen que intenté representar.

Tampoco es recomendable llevar la funda en la cadera con inclinaciones hacia atrás o delante de la empuñadura, esta posición obliga a la muñeca a torsiones y giros que afectan a la memoria muscular resultante, y al resultado final del empuñamiento. Por otro lado obliga a más movimientos verticales y laterales del cañón del arma, cuando lo que en realidad necesitamos es reducir todo los movimientos superfluos e innecesarios. A más movimientos y exigencias mayor posibilidad de error, lo cual reduce también la autoconfianza que necesitamos.

Por otro lado, cada error amplía el tiempo de presentación, un error implica, detectarlo, ver como corregirlo, aplicar la corrección (el viejo OODA en otro ámbito), y todo ello frente a una amenaza. Piénselo.

El secreto es la suavidad.

Pregunten a profesionales armados y deportistas de disciplinas dinámicas, cual es la principal característica de un buen desenfunde, casi la totalidad les dirá que es la velocidad. Pero pocos, poquísimos en realidad, les dirán cosas como la suavidad o la fluidez. Hagan la prueba.

Pero lo cierto es que esa suavidad y fluidez es el principal atributo a lograr. Movimientos suaves implican que controlamos cada gesto, dan esa fluidez que facilita la ejecución. Da la impresión al exterior que tocar el piano, en manos de un maestro, parezca fácil y sencillo, fluye de un movimiento al siguiente con sencillez. Los errores no se producen porque cada movimiento desemboca de forma natural en el siguiente, sin saltos ni cortes, es fluido. Pero esa suavidad y fluidez no nace de la velocidad, muy al contrario, la velocidad nace de esa fluidez, la fluidez de lo suave, ¿y la suavidad? Pues ni más ni menos nace en la lentitud. Tranquilos, no me he hecho monje zen… aun. Déjenme explicar.

Haciendo los movimientos lentos, en la fase de aprendizaje, podemos detectar lo superfluo e innecesario, además de lo incorrecto. Así mismo minimizamos la posibilidad de error al movernos con la lentitud necesaria para detectarlo antes de que se produzca y corregirlo. Tras muchas repeticiones logramos alcanzar el equilibrio, el movimiento se hace suave y fluido, lo hacemos fácil. En ese momento hemos logrado realizar un movimiento sin fisuras ni gestos superfluos, lo que nos lleva a hacerlo cada vez más rápido.

Esa mayor velocidad nace, como ya he repetido varias veces, de la falta de cosas superfluas y errores, así como de una mayor confianza y firmeza nacida de las miles de repeticiones correctas y exitosas, que retroalimentan nuestra capacidad motora. No solo no cometemos errores, si no que sin darnos cuenta cada vez lo hacemos más rápido.

Anoten esta frase, “lo lento es suave, lo suave es rápido”, les ayudará a recordar esta forma de trabajar.

¿A qué velocidad debo actuar en un enfrentamiento real? A aquella que le permita mantener esa suavidad y fluidez, pretender hacerlo más rápido solo le llevará a saltarse pasos, cometer errores que debe corregir y en resumen perder un  tiempo que ya no es suyo. Marcaremos nosotros la velocidad, no dejaremos que nadie nos la marque, porque no será la nuestra, será la suya, y el ganará en su terreno.

Reflejos y memoria muscular.

Los reflejos son las respuestas innatas e involuntarias que tiene todo ser vivo (no solo los humanos) ante determinados eventos sobre sí mismo. Muy a grosso modo se puede resumir así. En lenguaje común es como y a qué velocidad reaccionamos.

Muchos de nuestros reflejos, desde el punto de vista gestual, son innatos, grabados en nuestro programa básico. Me lanzan algo a la cara, cierro los ojos y levanto los brazos. Me embisten o noto que me caigo intento hacerme una pelota. Otros son culturales y aprendidos, el gesto del pulgar en la cultura occidental, un guiño. En nuestro caso podemos aprovechar esa posibilidad de incorporar tics y reacciones a nuestro archivo mental para crear gestos tipo, con vistas a poder hacer uso de nuestra arma de una forma eficaz y congruente, podemos crear reflejos. Adquirir un reflejo implica muchas miles de repeticiones, entre 2500 y 5000, dependiendo de la persona, es la cantidad de repeticiones requeridas para que este reflejo se convierta en parte de nuestras respuestas inconscientes. Necesita trabajo para adquirirlo, para perfeccionarlo y para mantenerlo, pero vale la pena si salva vidas, la propia entre otras.

Si no lo creen piensen en cuando como conductores noveles debían cambiar la marcha de su vehículo, pasar de 3ª a 4ª, o viceversa, controlar pedales, mirar la palanca, agarrar el volante con una mano, y todo eso sin salirse de la parte asfaltada de su país. ¿Y unos años después? ¿Piensan conscientemente en cambiar? ¿O es ya “automático? ¿Cuantas repeticiones necesitaron?

Dentro de los  reflejos adquiridos tenemos el concepto “memoria muscular”. Este concepto implica que mi propio cuerpo “sabe” cuando una posición es la correcta o cuando debe ser modificada. ¿Cómo lo sabe? Gracias a esas miles de repeticiones, lentas, suaves y fluidas, analizadas para pulir lo superfluo e innecesario. Una vez realizado ese trabajo bien y de forma continuada podemos confiar en nuestro cuerpo para que el nos diga cuando algo está bien o mal. Esa es la esencia de la memoria muscular.

Como todo reflejo adquirido, requiere un trabajo continuo, los movimientos instintivos naturales están grabados en nuestros genes y psiquis, los adquiridos no son tan firmes, y su falta de uso los va haciendo menos instintivos. Andar en bicicleta es un instinto adquirido que según el saber popular nunca se olvida una vez aprendido, pero si bien con 15 años se pueden hacer malabarismos y equilibrios después de toda una infancia con la bicicleta, tras 20 años sin usarla bastante hay con poder movernos en línea recta, y no es cuestión de condición física, si no de memoria muscular no practicada, está, sin duda, pero desgastada y falta de uso.

Cuando desenfundamos, alineamos, apuntamos, disparamos, cuando manipulamos y hacemos uso de un arma en general, si nuestro trabajo previo ha sido el correcto, manos, muñecas, brazos, hombros nos “hablarán” y transmitirán la sensación de que todo está como debe estar, o que algo falla si es el caso. Por eso es tan importante pensar en entrenar como trabajamos, y trabajar como entrenamos, para que las “sensaciones” del cuerpo, la memoria muscular, nos ayuden a acortar tiempo y pasos, para que nos diga que el arma está bien empuñada, que la alineación es correcta, que puedo disparar ya que todo está como debe estar, y todo ello sin pensar de manera consciente en ello ni tener que comprobarlo visualmente.

Lo que entrenemos, bien o mal, será lo que haremos luego, nuestro cuerpo y mente aprenden igual de fácil lo correcto que lo incorrecto, cuidado, porque desaprender es siempre lo más difícil.

Ultimas consideraciones.

Durante todo el acto de desenfundar y encarar una agresión jamás debemos dejar de mirar, y ver, a la amenaza. El control visual de la misma y su entorno debe ser total, aquí ya no hay posibilidad de partir la atención y realizar multitareas, tan solo existe una  única tarea, salvar la vida. Debemos estar enfocados y centrados, todos los demás detalles, que hemos visto y veremos en próximos artículos, pasan a depender de nuestro trabajo previo, de nuestro entrenamiento, de nuestros reflejos innatos y adquiridos, de nuestra memoria muscular. Si no tenemos todo ese trabajo previo…. Solo la suerte podrá ayudarnos. Y el azar es un mal aliado.

Trabajo en seco, ¿y esto qué es? ¿Trabajar solo cuando no llueve? Esa será su gran secreto para generar esos miles de movimientos necesarios, crear los reflejos adquiridos y la memoria muscular necesaria que nos garantice la suavidad y fluidez ineludible para sobrevivir. Dediquen 5 minutos todos los días a un rato de entrenamiento en seco, desenfunde, presente, alinee, gire, recargue. Hágalo todo con calma, con control, de tal manera que su mente y su cuerpo adquieran esa capacidad sin darse cuenta. En un mes tendrá unas 1000 repeticiones, en tres meses 3000. En seis meses, si es correcto su trabajo, con esos 5 minutos diarios, verá, cada vez que vaya al campo de tiro, unos progresos impensables apenas unos meses antes.

Recuerden, suavidad, fluidez, economía de movimientos y apoyo incondicional en los fundamentos básicos de la técnica, no hay más secreto, y no es un secreto pequeño. Practicando bien lo fundamental tendremos una base firme para sumar todos los detalles que hacen la perfección en cualquier trabajo.

Hasta aquí la parte de los detalles implícitos en el desenfunde y posterior presentación, en el próximo trabajo veremos el proceso definido de dicha acción. Mientras tanto… Que tengan un buen entrenamiento… en seco.

Cuídense y cuiden de los suyos.

 

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