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jueves, 20 de noviembre de 2014

Empuñando un arma larga I. Atención al detalle.


Empuñando un arma larga I. Atención al detalle.

Por Cecilio Andrade

Los guerreros invencibles antes de cosa alguna se hacen hábiles, esperando, buscando y provocando que el adversario sea vulnerable. Vulnerabilidad que no depende de uno, si no de la aptitud y actitud de ese adversario. Lo cual nos demuestra que podemos lograr una habilidad aparentemente invencible pero jamás podremos estar seguros de generar la vulnerabilidad del adversario. ¿Importa mucho este trabalenguas? Creo que sí, podemos saber cómo actuar para ganar, pero ese “saber” no nos garantizará irrevocablemente la victoria.

Seguro que estarán pensando que ya me pongo pesado de nuevo con “filosofadas”, que mejor haría simplemente en explicar cómo actuar y que técnicas son mejores. Lástima… lamento decirles que no creo que existan esas técnicas invencibles que garanticen el 100% de las posibilidades de supervivencia en toda situación dada. Creo en la adaptabilidad que me dará las mayores probabilidades de superar todos los escollos que el adversario, o adversarios, sean capaz de ponerme. De eso trata este trabajo, de la aplicación de todas las técnicas posibles para superar esos escollos. Hoy la palabra del día es adaptabilidad.

Decir que el equilibrio es uno de los factores primordiales, si no el más importante, en el combate es una obviedad para casi todo el mundo. Hacer perder el equilibrio al enemigo fue un máxima de Alejandro Magno, Julio Cesar, Gengis Khan, Saladino, Rommel, Guderain, Patton, entre otros muchos grandes estrategas y tácticos de la Historia. Eso en referencia a grandes batalles y ejércitos, pero para un artista marcial, y da igual que sea de Aikido, Judo, Kárate, Kungfu, Muay Thay, o la más actual MMA, también es lo que busca, desequilibrar a su oponente. Desde lo muy grande a lo individual el equilibrio es lo que se busca destruir para vencer a todo adversario. Y el equilibrio puede ser tanto físico como mental y/o emocional. Los mejores estrategas, tácticos y luchadores lo saben, como también lo saben muchos tiburones de los negocios.
 

¿Y a nosotros, operadores armados, de que nos sirve, además de buscar el desequilibrio del adversario? Sencillo, además de buscar el equilibrio físico empuñando las armas, debemos buscar el equilibrio técnico conociendo todas las herramientas (léase técnicas y procedimientos), sus utilidades, sus beneficios, pero también sus hándicaps y desventajas. Donde nos darán más beneficios y donde nos entorpecerán. En definitiva… ¿Adaptarnos?

En nuestra época lo absoluto es casi una obligación, si nos gusta tal serie televisiva, debemos despreciar esta otra, si nos gusta el bourbon de Kentucky, el de Texas debe ser basura (mejor no hablo de champaña y cava), y si es cuestión de deportes y política mejor cambio de tema. Por desgracia en el trabajo del profesional armado la dinámica no es distinta. Los usuarios de Weaver desprecian a los de la isósceles,  estos a los de la CAR, y así hasta el infinito. Con el arma larga tenemos de un tiempo a esta parte la misma tónica respecto a dónde y cómo va la mano y brazo  de apoyo, si recogida, completamente estirada o en posiciones intermedias.

Pues bien, mi opinión, que como siempre solo es una opinión más y no pretende sentar cátedra alguna, es simple, todas las posiciones tienen sus puntos fuertes y sus debilidades; situaciones donde destacan y donde son inaplicables o cuando menos no recomendables; diseñadas para casos y situaciones específicas pretendemos convertirlas en técnicas absolutas incluso a costa de hacerle perder su eficacia en el terreno para el que fueron estudiadas.

Uso todas las posiciones según la situación en la que me encuentre, les estrujo hasta la última gota de su eficacia e intento, si lo logro o no es otra cuestión, reducir sus deficiencias. Ello me permite adaptarme a todas las variables que el mundo real acumula en torno al operador armado. La adaptación, como dije en el encabezado, y en casi todos mis escritos y conferencias lo repito, debe ser nuestro mantra de trabajo. Adaptarnos a todo y adaptar nuestras técnicas a ese todo, solo así podremos garantizar un porcentaje alto de supervivencia, ya que por desgracia solo podemos hacer eso, ampliar porcentajes. La suerte y el caos también están presentes en la ecuación, podemos minimizarlos con trabajo, entrenamiento, criterio, habilidad, análisis serio y, sobre todo ello, honradez para nosotros mismos y nuestras deficiencias.

En una palabra que también es una virtud, adaptación.

Veamos una serie de puntos previos antes de profundizar en el empuñamiento respecto a la posición del brazo y mano de apoyo.

El tamaño si importa, en este caso al menos.

La distancia entre la boca de fuego de un arma individual, larga o corta, y el cuerpo del que la empuña suele estar aproximadamente a la misma distancia, salvo en armas extremadamente largas. Piensen donde está el extremo del cañón de su pistola con los brazos extendidos, en mi caso sobre unos 70 a 75 cm. Con un fusil o subfusil estándar, no hablo de armas especiales, la distancia suele estar, en mi caso, entre esa distancia y 50 cm con algunos subfusiles. ¿Y eso qué? Preguntarán algunos, paciencia, a eso voy, pero primero comprueben Uds. ese dato. ¿Lo han hecho?

La longitud de las armas es la misma, dentro del mismo modelo, la variable aquí es la envergadura y tamaño de cada operador. Esta variable, respecto al uso del arma larga, afecta tanto en comodidad como en equilibrio.

Permítanme un poco de personalismo, honestamente creo que solo debo hablar de lo que se y experimento, no presumiré, tranquilos, tan solo me usaré como conejillo de indias.

Mido 1.60 m de altura, mis brazos son relativamente cortos (y sin relativo en realidad). Un MP5  estándar, un M4 y un H&K G36K, por ejemplo, para mi tienen una longitud óptima de trabajo, y más si las culatas me permiten modificar su longitud para adaptarla a mi equipación puntual. No es lo mismo trabajar sin chaleco balístico que con él a la hora de apoyar la culata, con una simple camiseta o un chaquetón con relleno de plumas, como tampoco lo es llevar un chaleco interior bajo un traje que un chaleco exterior con placas. Cuando el fusil lo cambio por otros como el FN FAL, CETME C, G36E, etc., u otro modelo más largo mis brazos necesitan ejercer más fuerza, y no es por el peso que no varía tanto, la mayor longitud obliga a mis brazos a extenderse más y esa palanca más larga genera más agotamiento.

Trabajando con compañeros/as más altos (lo normal en realidad, soy siempre el más bajo de cualquier grupo) observé que con el primer conjunto de armas a veces su altura y envergadura les hacia tomar posiciones incómodas, demasiado encogidas, muy apretados y cercanos al cuerpo. No tenían posiciones de empuñe que les ayudará como con armas más grandes, que a mí, por el contrario, me dificultan. Como todo, en su caso y en el mío, el entrenamiento tiende a subsanar esos condicionantes negativos.

Pero ambos casos nos permiten analizar varios temas.

-          La longitud de los brazos del tirador generan un condicionante que hace más cómoda una posición que otra, y más manejable un arma que otra.

-          El tamaño del arma respecto al tirador es un factor a considerar, tanto en el aspecto muy grande como demasiado pequeño. El calibre y munición en cambio no es un factor tan importante en este aspecto.

-          El “equilibrio” está en tener un arma larga que permita tener su boca de fuego a la misma distancia aproximada que empuñando una pistola en posición isósceles.

-          Que a mayor tamaño hace que el cañón tienda a vibrar más, “bailar” sería más descriptivo. Esta vibración se acentúa con empuñamientos muy recogidos en armas muy largas, algo que veremos en mayor detalle en apartados siguientes.

-          Un factor a considerar es el equipo que se interpone entre la cantonera de la culata y su apoyo en el hombro del operador.

-          La misma “cómoda” y estable posición que usamos y enseñamos como única desde nuestra perspectiva, puede no serlo tanto para otro usuario. Su anatomía, envergadura, lesiones previas (independiente de su antigüedad), gestos de agarre innatos, diferencias de equipo y/o arma, etc. modificaran esa comodidad y aplicación eficaz

“Bailes” de la boca de fuego.

En el punto anterior vimos que las armas largas, ya sea por su longitud respecto al usuario, como a la posición de la mano de apoyo, pueden “bailar” más o menos a la hora de encararla contra un objetivo en una acción de fuego de combate.

Usándome de nuevo como conejillo de indias, diré que mientras con el primer conjunto de armas largas que desgloso, un agarre corto o recogido, me permite un control muy efectivo de ese “baile” de la boca de fuego,  el mismo agarre recogido me hace un poco más difícil minimizarlo con armas más largas. Por el contrario, en esas armas más grandes y con empuñamiento del brazo de apoyo más lejano, en operaciones más prolongadas en tiempo y esfuerzo tienden a agotarme más, favoreciendo que aparezca ese “baile” de la boca de fuego, en este caso por cansancio muscular. Estos efectos negativos tienden a ampliarse con chalecos, sobre todo externos con placas, al obligarme a extender más aún los brazos y por ello a ejercer más palanca.

Con arma corta ese “baile” se controla mucho mejor al poder aislarlo con las manos y muñecas, pero con el arma larga, al ir apoyada en el hombro, cualquier movimiento corporal se magnifica al convertirse fusil y cuerpo en un ente solidario y único.

Posición del codo del brazo que dispara y empuña.

Cuando hablamos del brazo que empuña y la mano que presiona el disparador las opiniones son bastante uniformes ya que tampoco hay más lugar donde situarla. Pero con el codo si hay discrepancias, desde el totalmente levantado hasta los 90º respecto a la vertical, hasta  el que aboga por meter el codo casi en el ombligo.

Respecto a los codos, a ambos codos, antes de entrar en detalles específicos de posiciones y ángulos, respondan a una pregunta simple, cuándo un boxeador o luchador de MMA, como ejemplos, está en guardia o golpeando, ¿levantan o abre los codos? ¿Alguno de ellos? Luchar es luchar, independientemente de que se porte un fusil, una pistola, una espada, una lanza, o simplemente las manos, y no debe haber diferencias abismales de una a otra forma, salvo en detalles nimios y muy puntuales. Adopten una posición de en guardia y a partir de ahí agréguenle las armas que deseen.  ¿Lo han hecho?

La función de la mano principal, además de presionar el disparador, es empujar el arma contra el hombro de forma suave y decidida, sin excesos, y mantenerla en el lugar correcto. Y no es poco trabajo, créanme, requiere una gran exactitud y control en su ejecución.

Brazo-mano que empuña en 90º.

El hombro levantado en 90º es la  más común, y hasta no hace mucho la única, de las posiciones. Es una posición bastante forzada si nos detenemos un poco a analizarla, pero al ser la de “toda la vida” para muchos no requiere más estudio.

Se comenta habitualmente que al levantar el codo se crea un hueco donde apoyar la cantonera de la culata de forma firme y sin deslizamientos. Si bien esto es correcto hasta cierto punto debemos recordar un poco de Historia militar para analizar con propiedad este detalle. Es cierto que con los calibres habituales en pólvora negra, y los empleados hasta mediados del siglo XX con la pólvora sin humo, este hueco creado levantando el codo permitía un mejor acople y absorción del retroceso. Pero con los calibres de combate actuales así como las culatas más cómodas y ergonómicas esto ya no es tan necesario.

Por otro lado, como sabe todo aquel que haya pasado por el ejército, por unidades convencionales en particular, el dogmatismo y el uso de procedimientos repetitivos contrastados y fijos “de toda la vida” es el sistema de adiestramiento  estándar por definición. Con la instrucción de tiro no lo es menos, y con las formaciones de batalla tampoco.

Desde la más remota antigüedad se ha usado el concepto “orden” para definir como se ordenaban las tropas para presentar batalla. Desde del orden cerrado (hombro con hombro) de las falanges griegas clásicas, hasta el orden más abierto de los romanos, o el intermedio macedonio de Alejandro Magno, estas distancias se definían con la referencia del brazo extendido, el codo o el contacto del hombro. Con las formaciones de honderos, arqueros y ballesteros funcionaba de forma muy similar, con el añadido de requerir un mínimo de espacio para manipular sus armas y aun así intentar concentrar al máximo sus disparos sobre  zonas concretas.

Con la aparición de las armas de fuego de pólvora negra la cosa no cambió mucho, la necesidad de espacio de manipulación y de recarga se debía contrapesar con el conseguir disparar andanadas lo más concentradas que fuera posible, para contrapesar la baja precisión con la máxima potencia de fuego. Se continuó empleando el milenario orcen cerrado, marcando con brazos extendidos y codos las distancias e intervalos entre tiradores y líneas. Para enseñar de forma inolvidable se hacía repetir a los reclutas miles de veces los mismos pasos, intervalos y movimientos, para que en el caos de la batalla pensar no fuera una herramienta del soldado de línea.

Un hoplita griego, legionario romano, arcabucero español o granadero prusiano o francés, pueden dar fe de ello sin duda alguna. Para cualquier militar moderno la cosa no ha cambiado apenas nada en ese sentido, si no para presentar batalla como entonces, si para formaciones y desfiles, así como inculcar la pertenencia a un colectivo y minimizar la individualidad del recluta.

El levantar el codo para marcar las distancias entre fusileros, y aguantar mejor el culatazo del arma, formó parte del gesto de los instructores militares de forma tan repetida a lo largo de varios siglos que para todo el mundo se convirtió en sinónimo de tiro con arma larga. La repetición sistemática y sin dudar hasta que se generó ese gesto por defecto nos ha llegado a través de los siglos, y de los millones de reclutas a los que se lo implantaron de forma tan firme. Incluso personas que jamás han usado un fusil o escopeta levantan el codo de forma aparentemente natural. Usar armas de fuego no es natural, recuérdenlo, pero este gesto ya ha pasado al acerbo del ser humano de forma casi innata.

Lo cierto es que para el tiro en si no mejora en gran modo la precisión ni la estabilidad del arma.

-          Ofrece un blanco muy rentable en las condiciones del combate cercano y/o urbano.

-          Mantener el codo levantado genera un cansancio evidente en operaciones de mayor duración y exigencia.

-          La desalineación transversal de la muñeca puede (no a todo el mundo) generar tensiones que afecten a la forma de presionar el disparador y por ende a la precisión de los impactos.

-          Si bien levantar el codo puede ayudar en cierta medida a guardar un equilibrio vertical en una posición estática, realizando movimientos, aun de avance y retroceso simplemente, estos tienden a ralentizarse y a no ser del todo fluidos.

-          En movimientos que impliquen cambios de dirección, ritmo o de alineación del arma estos cambios también tienden a ser sincopados y menos fluidos.

-          En una ataque muy cercano, de contacto, habitual en entorno urbano por ejemplo, es muy fácil bloquear codo y brazo alzado para inmovilizar y desarmar al operador con un sencillo gesto.

-          Bajar el arma de la línea de tiro genera una mayor tensión en el hombro si queremos mantener el codo levantado.

-          Por último, en condiciones urbanas o con obstáculos verticales es muy fácil golpearse este codo de una forma más o menos severa.

Respecto a este último punto, a modo de anécdota personal  y ejemplo, en una práctica en mis comienzos en el mundo militar, cuando era de obligado cumplimiento levantar el codo, golpeé una esquina en una práctica urbana, en ese instante casi solté el arma y más tarde, al finalizar el entrenamiento, debí dirigirme al botiquín con una inflamación grave del codo, que me mantuvo de baja una temporada. Pudo ser un fallo por mi torpeza congénita, pero conversando con otros profesionales a lo largo de los años pude quitarme ese complejo de torpe, en ese campo al menos, ya que muchos de ellos sufrieron la misma experiencia más o menos grave.

Codo recogido dentro del torso.

La posición opuesta a la anterior es la que se adopta metiendo el codo, dentro de la zona del abdomen y tórax. Se busca reducir la silueta frontal a la mínima expresión. Si la posición anterior no la considero apta para el combate dinámico, aunque no totalmente desechable, esta, por mi experiencia de empleo (con lo cual repito que tan solo es mi opinión) la considero sumamente  negativa e incluso dañina. Permítanme explicarlo paso a paso.

-          Meter el codo de esa forma obliga a la columna vertebral a doblarse, forzando los músculos dorsales y trapecio por elongación (estiramiento), y a los músculos pectorales por compresión.

-          Esa elongación provoca tensión en la zona lumbar y cervical que se agrava con el paso del tiempo en acción.

-          La compresión pectoral citada puede en gran medida restringir la capacidad pulmonar precisamente en momentos que necesitamos el máximo aporte posible.

-          Con equipo táctico (chaleco con o sin placas, portacargadores, radios, etc.) resulta aun más difícil de adoptar y los efectos negativos se multiplican.

-          Con equipo más pesado y completo y/o con operadores de talla reducida directamente resulta imposible de adoptar.

-          Las rotaciones, giros y movimientos en general pierden fluidez y flexibilidad, volviéndose en muchos casos cada vez más rígidas y bruscas, lo cual a su vez genera falta de estabilización precisa y rápida del arma.

-          El hecho de bajar y subir el arma obliga a reacomodos de la posición respecto al cuerpo, debiendo “entrar” y “salir” de dicha posición cada vez que sube y baja el fusil/subfusil.

Es por ello que no la uso ni recomiendo, prefiriendo posiciones del codo más naturales y “relajadas” que favorezcan el mantenimiento de las acciones el mayor tiempo posible.

Codo paralelo al tórax.

Mi codo del brazo de empuñamiento lo suelo llevar paralelo al tórax, de tal forma que forma un bloque con él, consiguiendo una serie de beneficios respecto a las dos anteriores posiciones,

-          No asoma en condiciones urbanas antes que el arma y no ofrece un objetivo tentador.

-          Forma un bloque con mi torso con lo que la silueta en cierta medida es más homogénea y reducida sin forzarme.

-          Muscularmente hombros, dorsales y trapecio no están forzados ni hipertensos, con lo cual el cansancio, el esfuerzo generado para contrarrestarlo y las vibraciones generadas por la tensión, tardan más en aparecer. Manteniendo la operatividad por más tiempo.

-          Al estar ambos brazos de forma natural pegados al costado y paralelos al torso, el esfuerzo muscular se minimiza en gran parte, repartiendo el apoyo con los huesos y la caja torácica.

-          El hecho de trabajar con o sin equipo de protección apenas afecta a la adquisición de esta posición del codo, ya que en ambos casos, se apoya en el tórax.

-          La muñeca no tiene torsión transversal, manteniendo la alineación con el antebrazo y facilitando una presión del disparador cómoda y eficaz.

-          Las rotaciones se ven facilitadas, incluso en movimiento gracias a la relativa relajación muscular de los músculos implicados.

-          En una combate cuerpo a cuerpo el control del arma es mayor y resulta más difícil bloquear los movimientos del arma reduciendo el riesgo de ser desarmado o neutralizado.

Como ya dije sobre esta última posición del codo del brazo principal, es la que empleo y recomiendo, siendo invariable respecto de donde coloque la otra mano, la de apoyo. Posición que veremos en los siguientes puntos.

Pero mejor detengámonos por hoy aquí. En el próximo trabajo veremos cómo y dónde colocar la otra mano.

Cuídense y cuiden de los suyos.

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