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jueves, 10 de noviembre de 2016

Las armas requieren espíritu como las letras




Las armas requieren espíritu como las letras.

Por Cecilio Andrade.

Pues si, en la frase que me he atrevido a usar como título, el gran soldado de infantería que fue D. Miguel de Cervantes Saavedra nos regala una gran, aunque poco o nada reconocida, verdad; sin un espiritu correcto portar y emplear armas tan solo nos define como simples y despreciables inconscientes, cuando no alguna cosa peor, si cabe.

Mahatma Gandhi nos legó otra frase más, extraida de la milenaria filosofía de la cultura en la cual creció, “Vive como si fueses a morir mañana. Aprende como si fueses a vivir para siempre”. ¿La conocían? ¿La aplican? En mi caso lo intento, con mayor o menor acierto, sobre todo esta última década de mi vida. Antes de eso mi ego me ha generado tan malas jugadas como a casi todos, o al menos eso deseo, no ser el único idiota que se considera así por ese ego, y sobre todo esperando poder mantenerlo siempre con las riendas bien tensas.
Volviendo a la razón de este trabajo, y su entradilla específica, Thomas Huxley comentó que debíamos “Intentar aprender algo sobre todo y todo sobre algo”. Comentario que en gran forma secundó Vernon Howard, “Camina siempre por la vida como si tuvieses algo nuevo que aprender y lo harás”. Y para mi al menos de eso se trata vivir, en cualquier profesión que nosotros o la vida nos haya colocado. Despues de todo ”La vida es una experiencia de aprendizaje, solo si aprendes”. ¿Conocen a Yogi Berra?

Ahora bien, cuando la profesión que ocupa su vida es una de esas en las que el deber le hace correr hacia el peligro en lugar de huir de él, como el 99% de los mortales en su “sano juicio” hacen, si su decisión es arriesgar su vida para salvaguardar la de otros, normalmente desconocidos, ¿debemos simplemente dejarnos llevar?, o, por lo contrario ¿debemos buscar aprender lo máximo posible de todo lo relacionado, directa o indirectamente, con esa noble labor? No contestaré más allá de la frase que me inculcaron hace tantos años al vestir mi primer uniforme con hojas de roble y machete en el pecho, “se parco en palabras y que los hechos hablen por ti”.
Veamos si lo que pretendo transmitir puedo lograrlo con una mínima coherencia, despues de todo “Un hombre sabio puede aprender más de una cuestión necia que un necio de una cuestión sabia”, espero que Bruce Lee no se revuelva en la tumba con mi necedad.



Hoy, varios de mis grandes amigos disfrutarán de la presente elucubración (pensamiento, reflexión o hipótesis que es producto de la meditación, RAE). Por nombrar a algunos, Ernesto confirmará su reflexión sobre mi “estatus” filosófico, Esteban que me acerco al satori (término japonés que designa la iluminación en el budismo zen), Arturo que se me ha ido la “pinza”, José María sonreirá con indulgencia, Muñoz suspirará con vehemencia, José llamará al psiquiatrico más cercano para reservarme una celda y una camisa de fuerza, José Angel lo releerá varias veces, Pablo lo mirará de reojo, Ray pretenderá descubrir la verdad del Universo, Richard abrirá los ojos asombrado, Ricardo buscará que se lo traduzca bien su alma gemela, en fin, Jorge, Pedro, “Santiago”, Sergio, y un largo etcétera, mucho más largo de lo que nunca crei factible. En fin, de todas formas solo una cosa más antes de empezar la citada elucubración, “no están todos los que son, si son son todos los que están”.
 El presente trabajo parte de un origen un poco peculiar, por decir algo; una serie de lectores bien intencionados, por lo menos la inmesa mayoría lo son, me hicieron llegar mensajes opinando sobre la falta de interés práctico sobre muchos de los temas que he publicado, específicamente todos aquellos que no tenían utilidad puramente técnica y directa sobre el manejo de armas. Básicamente me instaron a dejar de perder el tiempo en temas vanos, que el punto fuerte de su interés en mis letras “arrejuntadas” es lo puramente práctico como usuarios de “fierros” más o menos alicatados con policarbonatos varios.
En principio di comienzo a una explicación, casi una disculpa, por muchos de esos temas específicos tratados en las decenas de trabajos realizados en estos últimos años. Posteriormente, mientras lo estaba escribiendo, me di cuenta que no estaba haciendo nada de eso, ni explicando, ni mucho menos excusándome. Lo cierto es que lo estaba trabajando casi como una tesis. Una tesis más, donde desarrollaba razones y motivos, al igual de las varias que he tenido que presentar, y defender posteriormente, a lo largo de mi vida académica.
Al final no se muy bien que ha salido de todo esto, imagino que Ud´s lo juzgarán al final, eso si logro interesarles como para que lleguen a leerlo entero, que no es logro pequeño ni fácil.

¿Que transmitir?
Mi consideración a la hora de actuar como instructor de armas, técnicas y tácticas siempre va dirigido en varios direcciones que me consta no son muy comunes en este mundillo. Además de las cuestiones técnicas y prácticas asumo que mi obligación es explicar la razones, origenes, pros y contras de todo lo que explico como procedimiento. Pero tambien pretendo llegar más lejos y trasnmitir muchas más cosas, engreido de mí; algunas tan fuera de tono hoy en día como principios y valores, otras más filosóficas, como las describen tantos compañeros y amigos, unas pocas a modo de Código Deontológico como “buenos” de la ecuación de armas y portadores. Ya dije que soy poco común, me gusta meterme en “camisas de once varas”.
“Las armas requieren espíritu como las letras” dijo aquel soldado de infantería que fue D. Miguel de Cervantes Saavedra, y así lo he sentido siempre. No basta saber como apretar un disparador, que no gatillo, si no cuando es deber hacerlo y cuando es obligación soltarlo. No basta saber como empuñar un arma, si no cuando es, de nuevo, deber, y cuando es acto de conciencia frenarse.  No basta saber como disparar de una forma efectiva desde debajo de un vehículo con un fusil de asalto, sino saber si mi deber y principios me obligan a ello o, por contra, me dicen que debo hablar y esperar.
Si alquien tan pragmático como Nicolás Maquiavelo escribió “Las armas se deben reservar para el último lugar, donde y cuando los otros medios no basten”, ¿porque creen que lo hizo? Siendo él tan, insisto, pragmático, lo normal sería ir directamente  al punto, machacar al adversario y dejarse de zarandajas. ¿No creen?
Recuerden esa máxima que adornó tantas armas honorables, y muchas otras no tanto ciertamente, a lo largo de los siglos, “Empúñame con razón, enfúndame con Honor”. Y el Honor, no les quepa la más mínima duda de ello, forma parte de las capacidades conscientes del ser humano. Una persona es honorable porque decide serlo, al igual que pierden ese Honor por decisiones conscientes. Y como cualquier acto consciente de nuestras vidas este parte del arma más poderosa que poseemos, a saber, el cerebro.
El cerebro, ese magnífico producto de la evolución, infrautilizado en la mayor parte de las ocasiones, creador y gestor de las más maravillosas obras del ser humano, así como de las más aberrantes y atroces barbaries. El Dios y Diablo de la Humanidad. Porque, y aquí me permitirán este comentario del que no pienso disculparme, no necesitamos subcontratar dioses ni demonios para achacar bendiciones o maldades a la pura y dura gestión de nuestras armas de destrucción masiva portátiles, nuestras propias voluntades gestionadas por un cerebro de bestia o angel que todos somos  y llevamos dentro.
Ya se me ha ido la “pinza”, más vale que recupere mi hilo argumental sin tantas zarandajas filosóficas.

La cuestión técnica.
Volviendo a un enfoque pragmático, debemos educarnos como seres humanos y profesionales para poder utilizar armas, tácticas y procedimientos potencialmente letales con un mínimo de criterios, tanto éticos como técnicos, pero sobre todo con la capacidad de evolución y mejora. Si consideramos las armas como meras herramientas está claro que la capacidad de utilizarlas con eficacia y precisión es fundamental. Ahora bien, ceñir el desempeño profesional desde el punto de vista únicamente de las habilidades físicas, equivale a definir que cualquier tirador deportivo que realice tiradas del tipo 10 “dieces”, es el mejor profesional posible, ya sea policía, oficial de Protección u otros.
Permítanme hacer otra comparación más gráfica. Piensen en tres equipos profesiionales, uno policial, otro militar y un tercero protección diplomática. Cada uno de ellos necesita de un conductor experto para las “tareas” específicas  de cada equipo, y además acorde con el equipo y vehículos de los que dispongan. Ahora piensen en otra línea, ¿a quien contratar? Obviamente los mejores pilotos son los de Fórmula 1 o de rallies, no creo que nadie dude de ello. Pero ¿son los mejor capacitados para las funciones y técnicas a implementar con cada uno de los equipos que comento? Sin duda no. Correr sobre pista cerrada o itinerario delimitado, no es lo mismo que realizar maniobras ofensivas y defensivas con un vehículo, blindado o no, entre el tráfico de una ciudad, y no hablemos de hacerlo con la equipación completa de un agente de policia o un militar.
“Cada oveja con su pareja” dice el saber popular, que yo prefiero parafrasear como “cada lobo en su manada”. No les estaré diciendo nada nuevo si les reitero la importancia de tener claro las necesidades puntuales de cada especilización profesional. Muchos podemos portas armas, más las situaciones son tan distintas como profesiones, y dentro de cada profesión especialidad, y dentro de cada especialidad función particular, y dentro de cada función la condición personal de cada individuo.
Sin duda todo eso que describo me lleva a otro refrán muy conocido, “cada loco con su tema”. No pretendan aplicar normas fuera de un punto de vista que no sea el suyo, ya que será correcto desde ese punto y solo coincidirá en algunos otros de su vecino.
¿Recuerdan la fábula de los seis sabios ciegos y un elefante? ¿No? Permítanme repetirla.
En la Antigüedad, vivían seis sabios ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.
Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.
Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. De pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.
El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas le hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.
El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”
Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.
Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.
El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano de cuero”.
El sexto sabio, el más anciano, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.
Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera. Obviamente creían que los demás estaban equivocados.
¿Actuan como los seis sabios ciegos? De Ud´s depende.


Las otras cuestiones a tener en cuenta.
Entremos en otras cuestiones que para muchos al ser menos pragmáticas son menos necesarias. Un profesional armado, o un legítimo usuario, tiene una obligación ineludible, saber como, cuando y de que forma debe utilizar sus armas, habilidades y capacidades incluidas como armas. Yamamoto Tsunetomo lo comentó al describir a los “samuráis ilustrados” y los “samuráis ignorantes”. Tal como lo definió, un guerrero que espera a enfrentarse con situaciones difíciles para aprender a salir de ellas no es ilustrado. Un guerrero que se preocupa por adelantado de todas las situaciones y soluciones posibles, es sabio. Será por lo tanto capaz de hacerle frente con brillantez cuando la ocasión se presente. No importa lo que ocurra, un samurái ilustrado es aquel que se preocupa de los detalles de la acción, antes de la hora.
Por eso es tan importante estudiar, analizar, planificar, en una palabra, pensar. Y esto debe hacerse tanto en lo afecta directamente en las actuaciones directas como a esa parte interior de la ética y la moral personal. Y más lejos aún, debemos saber como plantear el “despues de”, desde la cuestión administrativa como a la íntima de aceptar lo corrección de nuestras acciones.
Taisen Deshimaru, en apoyo de los comentarios de Yamamoto Tsunetomo recalcó “La vía del samurái es imperativa y absoluta. La práctica, al venir del cuerpo a través del inconsciente, es fundamental en ella. De aquí la gran importancia dada a la educación del comportamiento justo”.
Dedemos educarnos, no solo entrenar el cuerpo, no solo las capacidades físicas y motoras, la mente es fundamental, sin ella todo lo que hagamos serán meras actividades circenses en el mejor de los casos. Necesitamos pensar, al modo de Juvenal con su “mens sana in corpore sano”, revalidando en cierta forma a Confucio “El que aprende pero no piensa está perdido. El que piensa pero no aprende está en gran peligro”.
Permítanme recalcar la importancia de desear aprender y mejorar, y no pasar sin más. La necesidad de mejorar aprendiendo de todos los campos que nos afecten como profesionales, y más aun en una profesión donde fallar implica jugar con la vida, propia y ajena. Esa responsabilidad la vió bien clara Benjamin Franklin, “Ser ignorante no es tanta vergüenza como no tener la voluntad de aprender”. Voluntad, la virtud tan faltante en el bien pensante mundo actual.
La falta de voluntad de aprender y mejorar genera falsa confianza, y esta, como en el amor, pierde al ser humano. Lo crean o no, lo quieran creer o no, los libros y las canas, considerando estas últimas como experiencia bien asimilada y utilizada, han ganado más batallas que las armas por si solas. Y respecto a las batallas no son solo las masivas que aparecen, o aparecerán, en los libros de Historia, en el fondo importa poco el número de combatientes, uno o miles, los principios a aplicar son los mismos.
Pero claro, hay que conocer esos principios.
Agradezco a los lectores que me hacen llegar sus comentarios, de todo corazón lo hago, gracias. Pero seguiré intentando transmitir más que el simplemente hacer perfectos agujeros en blancos de cualquier tipo. Espero transmitir que las armas, y la profesión de las mismas, implica una entrega y un deber esmerado.
Las armas, su portación en realidad, no son un privilegio, son un deber y una obligación. Deber y obligación de saber usarlas de forma correcta tanto técnica como éticamente. Despues de todo, los profesionales armados, los guerreros de hoy, portan sus armas para defender a los que no pueden, o no quieren, defenderse.
Porque, no se equivoquen, hay malos y hay buenos, y los “buenos” se distinguen tan solo por un detalle, saben cuales son sus obligaciones y su deber. Y la principal es simple, evitar que esos malos campen a sus anchas.
Como pueden ver, el trabajo de hoy es “de cita en cita, y cito por que me toca”. Mi intención no es ser pedante, antes bien desearía considerar que Ud´s, lectores, lo ven como una demostración que no es una simple opinión más. Que desde la más lejana antigüedad hubo hombres y mujeres pensando en las mismas cuestiones que hoy nos parece descubrir. Y más que descubrir debemos hablar de redescubrir, aunque para muchos tan solo es continuar por la senda que otros nos marcaron. Despues de todo, como dijo Madame Pompadour “nada nuevo hay bajo sol”. Y en la profesión de los “fierros” menos.
Cuidense y cuiden de los suyos.

Centroamérica, Noviembre 2017.

6 comentarios:

  1. Sabias palabras, Cecilio. Gracias!
    Yo no soy un profesional de las armas, soy civil, pero cada "enseñanza" tuya, aplica a todos nosotros, los que usamos armas.

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  2. Enorme el texto y su lectura,mil gracias

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  3. D.Cecilio Andrade,no podría entender sus GRANDÍSIMOS dotes de enseñanza si a la hora de leer sus artículos,la parte puramente práctica de los mismos careciesen de esa filosofía sabia tan genuinamente suya. Siga deleitandonos u estoy seguro que un servidor al igual que una inmensa "minoría" seguriremos aprendiendo. Saludos

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    1. Gracias caballero, por su tiempo en leer, pensar y comentar.

      Mil gracias.

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