Comprar un monociclo a precio de Harley-Davidson Cosmic Starship*.
Guía para ejecutivos que compran espejismos de protección.
Escrito por Cecilio Andrade para el Boletín del Capítulo 215
de ASIS International en Buenos Aires.
Hay una constante en el mercado de la Seguridad Corporativa digna de un profundo estudio psicológico, me refiero a la fascinante necesidad de algunos CEO por pagar fortunas a cambio de una ilusión de invulnerabilidad.
Confunden, con una alegría cuando menos sorprendente, adquirir piezas sueltas con poseer el sistema completo.
Para que nos entendamos, imaginen que un concesionario de motos de diseño les ofrece un monociclo en base a una rueda de la Harley-Davidson que da título a este artículo.
Si lo compran y lo llevan a casa pensando en presumir de ello en la oficina mañana, lo mínimo que harán sus conocidos será dudar de su salud mental. Es obvio que nadie en su sano juicio pagará el valor de un vehículo de diseño por tan solo una parte del mismo que ni tan siquiera sirve como pieza de decoración.
Pues bien, en el “idílico” mundo de la Protección Ejecutiva, este milagro comercial ocurre todos los días. Se adquieren "cositas" sueltas, muy vistosas, pero que operando en solitario tienen la misma utilidad para reducir el riesgo que esa rueda de marca.
Permítanme analizar, con un poco de ironía y una dosis de cruda realidad, los tres fetiches favoritos de esta falsa seguridad.
Fetiche 1. El amuleto de calibre 9mm o el mito del arma de fuego.
Existe la cinematográfica e infantil creencia de que llevar un arma en la cintura otorga una especie de campo de fuerza invisible. Es muy cinematográfico, ideal para Hollywood, pero trágico para la vida real.
Ivan Ivanovich y el autor de estas líneas crearon durante nuestros cursos de Protección Ejecutiva, sin conocerse y por sendas distintas, un ejercicio muy clarificador sobre este particular sesgo respecto a las armas.
Todos los estudios, basados en la aguafiestas realidad, demuestran que en condiciones reales la efectividad de un arma en eventos de Protección Ejecutiva es de apenas un poco más del 5%.
Y sí, leyeron bien, un 5%.
Es evidente que incluso este exiguo porcentaje puede salvar vidas en el último segundo, por ello son necesarias, pero basar toda la estrategia operativa en base a un 5% de probabilidades es, siendo educado, una apuesta bastante temeraria.
Para colmo del entusiasmo, dependiendo de la zona y de las pocas luces de quien las porte, exhibir un arma suele generar exactamente el efecto contrario de lo que se busca, eleva el riesgo exponencialmente.
Un arma asusta al delincuente común que busca un reloj; pero frente al crimen organizado, solo sirve para que le disparen primero.
El arma es el último eslabón de una cadena, no la cadena completa.
Fetiche 2. El superchofer, o cómo pedirle milagros a un único par de manos.
Este es otro clásico de la economía mal entendida, contratar a un chofer, ponerle un traje oscuro, unas gafas también oscuras, darle un curso exprés de manejo evasivo, ofensivo y defensivo, asignarle un arma y asumir que se ha contratado a Superman.
Pese a que en la Protección Ejecutiva moderna existe el concepto de "Low Profile" o “Esquema Unipersonal” para perfiles de riesgo bajo, fuera de esos perfiles pedirle a un único ser humano que conduzca entre el caótico tráfico, vigile los espejos, anticipe amenazas, le abra la puerta y, además, cubra de forma eficiente las “costuras”, esos incómodos momentos de transición donde, por ejemplo, se baja del automóvil para entrar a un edificio, no es una estrategia de seguridad, es una muestra de fe ciega en la Ruleta de la Fortuna.
La realidad no perdona estos esquemas de "chofer todoterreno”, creando costuras abiertas al desastre; su ineficacia radica en el error de asignarle un nivel de riesgo para el que no está diseñado.
Un chofer-escolta bien entrenado funciona perfectamente como un sensor de alerta temprana y un facilitador de movilidad fluida en entornos estables, pero es un suicidio si el VIP está amenazado por el crimen organizado
Fetiche 3. Tecnología post-mortem, ya saben, GPS, pantallas y botones de pánico
Entrar a una sala de control llena de pantallas parpadeantes, mapas satelitales y luces de colores genera una reconfortante sensación de control. Es una pena que casi todo esto sirva principal y habitualmente para documentar la tragedia en tiempo real.
El rastreo satelital y los equipos privados de reacción rápida son fantásticos... para cuando las cosas ya salieron terriblemente mal. En caso de un atentado, el GPS registrará con maravillosa precisión la coordenada exacta donde lo emboscaron, y el botón de pánico avisará que el VIP está en problemas. Pero ninguno de los dos va a evitar el primer impacto.
Y ahora vale la pena que aclare que personalmente no soy enemigo de la tecnología, sino todo lo contrario, pero comprendiendo que su valor real es preventivo y logístico, no reactivo. Un GPS, por ejemplo, es útil si se usa para el control de desviaciones de ruta en tiempo real, inteligencia predictiva.
Aún así hay cientos de ejemplos históricos de presidentes, primeros ministros, militares y aristócratas, que con todo el poder, cantidad, calidad y velocidad de reacción de las fuerzas de seguridad de la nación que gobernaban, fueron abatidos en segundos.
Si los máximos poderes de una nación, con todo ese músculo, no pudieron evitar las consecuencias del ataque porque la tecnología y la reacción llegaron después, ¿qué espera un CEO de un equipo privado que está a veinte minutos de distancia lidiando con el tráfico?
Esos servicios son maravillosos si se le pincha una llanta en la carretera, un gran auxilio, sin duda, pero llamarlos "reducción de riesgo de atentado" es tener un sentido del humor un poco retorcido.
¿La solución? Menos fetiches y más sistemas.
Si de verdad queremos proteger la vida y no solo gastar presupuestos para dormir más tranquilos el sueño de la fantasía, debemos dejar de comprar piezas de repuesto y empezar a exigir sistemas integrales.
La seguridad genuina y eficiente trabaja en la sombra, mucho antes de que a alguien se le ocurra sacar un arma de la funda.
Reducir el riesgo a un nivel óptimo exige tres cosas que no se ven en las películas pero que salvan vidas:
- Inteligencia y Contravigilancia. Saber quién nos mira antes de que se acerque.
- Intervención y Alerta Temprana. Arruinarle los planes al agresor mientras los está diseñando.
- Vehículos Blindados. Una burbuja física que nos dé los segundos necesarios para salir corriendo de ahí.
Todo esto, coordinado bajo un estudio de seguridad personalizado, detallado, adaptativo y continuamente actualizado.
Todo lo anterior es impecable en el papel, pero solo cuando olvidamos un problema operativo que arruina el mejor sistema del mundo: el comportamiento del propio ejecutivo. Desde una perspectiva profesional, un sistema integral no está completo si no incluye la capacitación y concientización del protegido.
El blindaje más caro no sirve si el VIP baja la ventanilla para comprar un periódico en una zona de riesgo, o si cambia la ruta a última hora sin avisar, el VIP debe dejar de ser un sujeto pasivo y convertirse en un elemento consciente del sistema.
Cualquier otra cosa que nos vendan por separado no es Protección Ejecutiva; es, simple y llanamente, un monociclo muy caro.
Cuídense y cuiden de los suyos.
* Cuando pensaba en este título dudé entre dos ejemplares únicos concebidos por artistas del diseño. Al final me decanté por el nombre más corto, la Harley-Davidson Cosmic Starship, valorada en unos $$1.5 millones. La otra opción era la Neiman Marcus Limited Edition Fighter, que llegó a subastarse por $$11 millones debido a su diseño futurista de edición súper limitada, pero era un nombre demasiado largo. … ¿No lo creen Uds.?





